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Lo que queda cuando la discusión ya ha terminado

Hay algo de las discusiones de pareja que me parece especialmente importante y de lo que hablamos poco.

Creemos que una discusión termina cuando dejamos de discutir.

Cuando uno se va a otra habitación.

Cuando llega el silencio.

Cuando pedimos perdón.

Cuando nos abrazamos.

O, simplemente, cuando el cansancio hace imposible seguir.

Pero no siempre termina ahí.

A veces la discusión se queda.

No en forma de recuerdo consciente. No necesariamente como resentimiento. Se queda de una manera mucho más discreta:

como una expectativa.

Después de suficientes escenas parecidas, empiezas a anticipar.

Ya sabes cómo va a reaccionar.

O crees saberlo.

Sabes qué gesto hará.

Qué frase utilizará.

En qué momento dejará de escucharte.

Cuándo tendrás que defenderte.

Cuándo se irá.

Cuándo empezarás tú a gritar.

Y, sin darte cuenta, llega un momento en que ya no entras en la conversación completamente disponible para descubrir qué va a ocurrir.

Entras preparado para lo que ocurrió otras veces.

Esto lo he visto muchas veces y me sigue pareciendo profundamente humano.

No necesitamos que alguien nos haga daño cien veces para aprender.

A veces basta con unas cuantas experiencias emocionalmente intensas para que empecemos a protegernos antes de tiempo.

Y ahí aparece una paradoja dolorosa.

Cuanto más intentas impedir que vuelva a suceder algo, más fácil resulta que tu manera de protegerte contribuya precisamente a repetirlo.

  • Si esperas que el otro no te escuche, empiezas a hablar más fuerte.
  • Si esperas que te abandone, intentas retenerlo.
  • Si esperas que te critique, te defiendes antes de saber qué quería decir.
  • Si esperas que una conversación no sirva para nada, quizá dejes de plantearla.

Y poco a poco la pareja empieza a vivir no solo con lo que ocurre, sino también con todo lo que ambos esperan que ocurra.

Eso pesa mucho.

Porque una relación donde todavía existe cariño puede comenzar a comportarse como una relación donde ya no existe confianza.

No porque la confianza haya desaparecido completamente.

Sino porque se ha instalado una especie de memoria preventiva.

«Ya sé cómo acaba esto».

Es una frase peligrosa.

No porque siempre sea falsa.

A veces conocemos muy bien a la persona que tenemos delante.

Pero también porque, cuando creemos conocer de antemano el final, dejamos de observar cuidadosamente el presente.

Y entonces podemos confundir una posibilidad con una certeza.

  • Un silencio con desprecio.
  • Una duda con rechazo.
  • Un error con desinterés.
  • Una necesidad de espacio con abandono.

También ocurre lo contrario.

Hay parejas que después de discutir reparan.

No perfectamente.

Pero vuelven.

Preguntan.

Rectifican.

Reconocen una parte.

Escuchan algo que antes no podían escuchar.

Y eso también deja aprendizaje.

Cada vez que una conversación difícil termina de una manera diferente, la relación recibe una información nueva:

«No todo conflicto termina igual».

Me parece una idea extraordinariamente importante.

Porque significa que el futuro de una relación no se modifica únicamente con grandes decisiones.

También se modifica con pequeñas experiencias repetidas.

  • Con un «espera, eso que he dicho no es justo».
  • Con un «entiendo lo que intentas decir aunque ahora me cueste».
  • Con un «necesito veinte minutos, pero vuelvo».
  • Con un «tenías razón en esto».
  • Con un «no quiero convertir lo de hoy en un juicio sobre quién eres».

No parecen grandes acontecimientos.

Pero construyen algo.

De la misma manera que construyen algo el sarcasmo, el desprecio, las amenazas, el silencio utilizado como castigo o esa costumbre tan humana de sacar el archivo entero de errores cuando solo estábamos hablando de uno.

Cada conversación deja una pequeña huella.

Algunas enseñan:

«Aquí puedo decir lo que siento».

Otras:

«Mejor no digas demasiado».

Algunas dicen:

«Aunque discutamos, seguimos siendo dos personas del mismo lado».

Otras:

«Cuando hay conflicto, cada uno está solo».

Por eso a veces me interesa menos preguntar quién ganó una discusión que preguntar:

¿Qué aprendisteis el uno del otro mientras discutíais?

¿Aprendiste que tu pareja puede escuchar algo incómodo?

¿Aprendió que puede equivocarse sin ser humillada?

¿Aprendiste que pedir no sirve?

¿Aprendió que para ser atendida tiene que explotar?

¿Aprendiste que mostrar vulnerabilidad es peligroso?

¿Aprendió que cualquier desacuerdo terminará convertido en un juicio?

Ahí se está escribiendo mucho más futuro del que parece.

No creo que podamos convertir cada conflicto en una escena ejemplar.

Sería artificial.

Habrá días malos.

Habrá cansancio.

Habrá frases que no representan nuestra mejor versión.

Habrá ocasiones en que entenderemos algo demasiado tarde.

Pero existe una diferencia enorme entre una relación donde los errores se repiten sin aprendizaje y otra donde los errores empiezan a producir conciencia.

La segunda no es perfecta.

Está viva.

Y una relación viva puede aprender.

Quizá la próxima vez que termine una discusión no necesites analizar veinte cosas.

Tal vez baste con hacerte una sola pregunta:

¿Qué hemos hecho hoy más probable para la próxima vez?

¿Escucharnos?

¿Defendernos?

¿Volver?

¿Evitar?

¿Pedir?

¿Atacar?

¿Confiar un poco más?

¿Esperar un poco menos?

Porque, aunque no lo notemos, cada discusión escribe unas pocas líneas del próximo capítulo.

Y quizá amar de una manera consciente consista también en aprender a leerlas antes de seguir escribiendo.

Con afecto,

Alejandro.

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