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La lluvia no venía a por ti

Ventana abierta tras la lluvia, calle mojada y un móvil boca abajo sobre el alféizar.

EDV C-20001

La lluvia no venía a por ti

¿Por qué no puedo dejar de pensar en él o en ella?

Te escribo a ti, que has vuelto a abrir esa conversación esta noche, la has deslizado hasta arriba del todo y has leído otra vez aquel mensaje corto de hace meses, el que no decía nada y lo decía todo, y has vuelto a preguntarte qué quiso decir exactamente con aquello, si había algo debajo, si lo escribió deprisa o lo pensó.

Yo lo he hecho más veces de las que me gustaría contarte. He leído mensajes de tres líneas como quien lee un contrato, buscando la cláusula escondida, la palabra que confirmara lo que necesitaba que fuera verdad. Y he estado meses así, con la vida entera funcionando por fuera, el trabajo, los hijos, las cenas, y por dentro un solo asunto pendiente, una sola pregunta dando vueltas: qué quiso decir.

Te voy a decir lo que fui entendiendo, despacio y tarde.

No estás buscando a esa persona. Estás buscando el significado. Y no es lo mismo, aunque de noche se parezcan tanto.

Esta mañana he salido a la calle y olía a tierra mojada. Había llovido de madrugada y el aire estaba limpio, la brisa fría, y he pensado, como pienso siempre, que la lluvia venía a decirme algo.

No venía. La lluvia cae porque cae. Nosotros somos los que la escuchamos, los que le ponemos nostalgia a un martes de junio, los que decidimos que ese cielo se parece a como estamos por dentro. Lo humanizamos todo. Es lo que sabemos hacer y a la vez es la trampa más antigua que tenemos.

Con las personas hacemos exactamente eso. Convertimos un silencio en un mensaje. Una foto en una señal. Un «buenas noches» a las once en una puerta que sigue abierta. Y no porque seamos ingenuos, sino porque un mundo donde las cosas simplemente ocurren, sin intención detrás, es un mundo bastante más solo del que podemos soportar a las tres de la mañana.

Y aquí viene lo que cuesta.

Puede que una parte de lo que pasó no significara nada. No digo que fuera mentira. Digo algo peor y más común: que no significara nada.

Que aquel gesto fuera solo un gesto, que aquella llamada fuera aburrimiento, que aquella vuelta fuera miedo a la casa vacía y no a perderte.

Que hubiera tramos enteros de aquello donde tú estabas leyendo un idioma que la otra persona no estaba escribiendo.

Sé lo que se siente al leer esto. Preferimos casi siempre el daño con sentido a la indiferencia sin él. Preferimos que nos hicieran algo a no haber sido importantes. El daño al menos confirma que estábamos ahí.

Estar presente es también esto, y es de las formas más difíciles: dejar de exigirle significado a lo que ya pasó. No perdonarlo, no entenderlo, no cerrarlo. Solo dejar de interrogarlo. Soltar el contrato.

Porque mientras sigas buscando qué quiso decir, sigues ahí. Y no estás ahí. Estás ahí, a una hora en la que deberías estar durmiendo o disfrutando de todo lo que te rodea, con el móvil calentándote la mano.

No te pido que dejes de hacerlo. Yo tampoco lo he dejado del todo. Somos humanos… carne en el tiempo, tiempo en la carne… Y el tiempo es un gran mentor.

Te pido solo que, la próxima vez que abras esa conversación, sepas que la estás abriendo y por qué. Eso ya es otra cosa.

Eso ya es estar despierto dentro de lo que haces, y es exactamente de donde sale, con el tiempo, todo lo demás.

Lo hacemos todos.

Con la lluvia, con los que se murieron sin despedirse, con los que se fueron sin explicarse, con los padres que tuvimos y con los que quizá no, con los amigos que perdimos, con nuestros propios errores… si lo son, esto tampoco está ni a mitad de claro.

Buscamos la frase que ordene lo que pasó, y casi nunca existe, y seguimos vivos igual.

Lo que sentimos no cabe en una frase, por mucho que lo razonemos; ni siquiera, a veces, se puede convertir en palabras.

La lluvia no venía a por ti. Nunca vino a por nadie, porque viene para todos.

Cuando la lluvia goteaba una carta de amor manuscrita, la tinta se emborronaba, las letras bailaban confusas, el papel se deformaba; eso mismo nos ocurre a nosotros cuando ponemos nuestra vida en manos de un mensaje, por muy importante que parezca.

Y aun así, si sales a la calle después de que haya llovido, huele a tierra, el agua y la fuerza de la gravedad lo nutren todo, quizá unas gotas rozan tus mejillas —disfrútalas— y sientes, y estás vivo, y eso sí es exclusivo para ti.

Alejandro Agustina
Aprendiz de todo y maestro cuando aprende

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