EDV E-20001
¿Es tuyo eso que sientes?
La diferencia entre amar a una persona y perseguir un molde.
Hay una pregunta que casi nadie se hace mientras no puede dormir, porque parece que responderla no cambiaría nada, y es justo al revés, es la única que lo cambia todo: eso que sientes por esa persona, esa cosa que te tiene despierto a deshora repasando conversaciones, releyendo mensajes, imaginando encuentros que no ocurrieron, ¿es tuyo?
No pregunto si es verdadero. Pregunto si es tuyo. Si nació dentro de ti, de lo que esa persona es y de lo que contigo hizo, o si es más bien un molde que traías puesto desde mucho antes de conocerla, un molde que ella vino a rellenar, y que si no lo hubiera rellenado ella lo habría rellenado otra, porque lo que pedía relleno estaba ahí desde el principio, esperando.
Cuesta hasta enunciarlo. Lo sé.
Damos por hecho que lo que sentimos brota de nosotros como el agua de un manantial, limpia, propia, sin más origen que uno mismo. Y casi nunca es así. Casi todo lo que creemos querer nos lo enseñaron a querer, y nos lo enseñaron tan pronto y tan hondo que ya no recordamos la lección, solo el resultado, y al resultado lo llamamos corazón, instinto, flechazo, destino, y le damos una autoridad que no habíamos comprobado nunca.
Escribí hace años sobre alguien —un personaje, pero ya me entiendes— para quien el cine había sido uno de sus educadores más peligrosos. Las imágenes de una ilusión le fueron removiendo los deseos año a año, hasta inundarlo, hasta convencerlo de que aquellas fantasías podía convertirlas en realidad. Murió de tanto sufrimiento por intentarlo. No lo mató el amor. Lo mató la fidelidad a una imagen del amor que ni siquiera había elegido, que había ido bebiendo a sorbos de pantallas, canciones y novelas hasta confundirla con su propia voz.
A todos nos pasa en alguna medida. Crecimos aprendiendo que el amor de verdad se reconoce porque duele, porque quita el sueño, porque no deja pensar en otra cosa, porque uno se juega la vida. Nos lo contaron tantas veces y de tantas formas hermosas que hoy, cuando algo nos quita el sueño y no nos deja pensar en otra cosa, concluimos que eso tiene que ser amor. Y a lo mejor no es amor. A lo mejor es solo el molde funcionando.
Porque fíjate en lo que de verdad ocurre esas noches. No estás recordando a la persona. Si te detienes, si miras despacio, verás que no es su risa lo que traes una y otra vez, ni una conversación concreta, ni algo que dijera. Lo que traes es una pregunta. Qué quiso decir, por qué se fue, qué habría pasado si, qué significó aquello. Estás dándole vueltas a un enigma, no a un ser humano. Y un enigma no se ama: se resuelve, o se abandona.
Ahí está el engaño más fino de todos. Confundimos la intensidad con la profundidad. Creemos que si algo ocupa tanto espacio dentro es porque importa mucho, cuando muchas veces ocupa tanto espacio precisamente porque no se ha resuelto, y lo que no se resuelve hace ruido, y el ruido lo confundimos con música.
Lo que más ocupa la cabeza es casi siempre lo que ya no ocupa la vida.
La persona con la que compartes de verdad los días no te tiene despierto a las tres de la mañana, te tiene ocupado a las tres de la tarde, que es distinto y mucho menos literario. El amor que se está viviendo se parece bastante poco al que nos enseñaron a reconocer. No tiene banda sonora. No cabe en un mensaje ambiguo releído cuarenta veces. Sucede, sin más, mientras uno está distraído en otra cosa.
Y entonces, ¿qué haces con esto?
No te voy a decir que lo olvides, ni que la bloquees, ni que pases página, ni ninguna de esas órdenes que se dan tan fácil desde fuera y que no ha cumplido jamás nadie por que se lo mandaran. No sé lo que hay en tu historia. No sé si eso que sientes es el molde o es la persona, y lo importante es que tú tampoco lo sabes todavía, y que a lo mejor merece la pena averiguarlo antes de gastar otro año.
Hazte las preguntas incómodas. Si esa persona apareciera mañana y fuera exactamente como es, no como la imaginas cuando no está, sino como es de verdad, con sus silencios y sus torpezas y sus días grises, ¿la querrías, o querrías seguir queriendo la idea que te has hecho de ella? Lo que echas de menos, ¿lo viviste, o lo esperabas? Y esa pregunta que te desvela, la de qué quiso decir, ¿de verdad la respuesta te devolvería algo, o solo cerraría un expediente que abriste tú?
No hace falta que las contestes esta noche. Casi mejor que no. Pero llevártelas puestas ya cambia algo, porque una cosa es sufrir a ciegas y otra sufrir con los ojos abiertos, sabiendo lo que se hace, y de esa segunda manera de sufrir, con el tiempo, sale casi todo lo demás.
Nos pasamos media vida heredando deseos y creyéndolos nuestros. Distinguir cuáles lo son de verdad es, seguramente, la tarea más lenta y más callada que tenemos, y no la termina nadie del todo. Pero el que empieza a hacérsela deja de vivir de prestado, aunque sea un poco. Y ese poco, cuando llegan las tres de la mañana, es exactamente la diferencia entre que la noche te tenga a ti, o tenerla tú a ella.



